Primo de Rivera era un autócrata militar, pero vale aclarar que, pese a la comparación de Alfonso, no era fascista. Llegaron numerosas obras públicas y quizás su mayor logro: ponerle fin a la guerra en Marruecos en 1925. Pero, como para todo el mundo, 1930 se hizo sentir y la crisis mundial sumió a España en una depresión económica que debilitó al gobierno. Primo de Rivera dimitió, y en abril del 31 se celebraron elecciones. Los republicanos ganaron las ciudades más importantes y una enorme multitud copó las calles madrileñas. A fin de evitar enfrentamientos internos, Alfonso XIII decidió abdicar y se proclamó la república sin más trámite. Sin embargo, el choque entre las fuerzas políticas no tardaría en producirse. Lo que se quiso evitar en el 31 terminaría por explotar cinco años después con una virulencia sin precedentes.
La república tenía problemas. Cataluña y las provincias vascongadas reclamaban su independencia, la Iglesia no veía a la república con cariño, el ejército tampoco, y la depresión económica se acentuaba.
La derecha temía por esa revolución social en aumento y se oponía a cada decisión que partía de la izquierda. Izquierda que, por otro lado, distaba de ser homogénea (socialistas, anarquistas, sindicalistas, y en menor número, comunistas). Se dio a Cataluña cierta autonomía, se separó a la iglesia del estado, se inició la nacionalización de las fincas de mayor extensión, se pasó a retiro a varios oficiales, etc. Cada medida tomada por el gobierno republicano enfurecía más a los grupos de derecha (iglesia, ejército, industriales y terratenientes). En 1932 un grupo de oficiales intentó derrocar al primer ministro Manuel Azaña, pero fueron anulados rápidamente ya que el ejército, en su mayoría, continuaba fiel a la república. La derecha se agruparía entonces en un nuevo partido defensor de la iglesia y el ejército (CEDA).
Los quiebres dentro de la izquierda se empezaron a profundizar. Anarquistas y sindicalistas buscaban la abolición del sistema capitalista y criticaban a los socialistas por su acercamiento a las clases medias. En enero del 33, guardias del gobierno incendiaron unas casas en una aldea cercana a Cádiz para hacer salir a los anarquistas allí reunidos. Veinticinco personas murieron en los incendios, y el hecho le costó la soledad a Azaña quien, abandonado hasta por los propios socialistas, debió dimitir. En las elecciones de noviembre de aquel año, la derecha ganó. José María Gil Robles gobernó y es fácil imaginar que tipo de medidas tomó. Anuló la mayoría de las "hazañas" de Azaña. La tortilla se dio vuelta y entonces fue la izquierda la que se molestó. Interfirió el gobierno catalán, negó autonomía a los vascos (error político, ya que los vascos lo habían apoyado) y conforme el gobierno se movía más a derecha, la izquierda fue haciendo fuerte una alianza conformando un Frente Popular. Un grupo anarquista descarriló el expreso Barcelona - Sevilla donde murieron diecinueve personas, la cosa se ponía más y más violenta, hubo sublevaciones en Cataluña y Asturias. Los mineros asturianos lucharon con vehemencia, pero fueron aplastados por las tropas de un hombre que empezaría a sonar mucho: el general Franco. La situación político-económica se tornó inmanejable para la derecha y el Frente Popular ganó las elecciones de febrero de 1936.
El gobierno dejó al descubierto las grietas de la alianza frentista. Incapaz de mantener el orden, la situación desembocó en julio del 36 con el asesinato de Calvo Sotelo: el político más destacado de la derecha. La Falange Española, el nuevo partido fascista liderado por Antonio Primo de Rivera (hijo de Miguel), ya tenía planeado el golpe y el asesinato de Calvo Sotelo fue una excelente excusa. El general Franco se convertiría rápidamente en el líder de la derecha, polarizando la fuerza bajo el nombre de nacionalistas en oposición a los republicanos. Comenzaba una etapa negra en la historia de España. La guerra civil había comenzado.
Los nacionalistas dominaban la mayoría del norte, mientras que el sur, incluyendo Madrid, era terreno de los republicanos. Franco recibió ayuda de Alemania e Italia y los republicanos de Rusia. Francia y Gran Bretaña se mantuvieron neutrales. Luego de que mucha sangre corriera por las calles de toda España, la contienda terminó cuando las tropas de Franco tomaron Madrid. La victoria era de esperar: mientras Franco había mantenido unidos a los grupos de derecha, la izquierda se debilitaba; de hecho, anarquistas y comunistas llegaron a enfrentarse entre sí en Barcelona por algún tiempo. La guerra duró del 36 al 39 y Franco gobernó hasta su muerte en 1975.
La guerra dejó una herida absurda que prácticamente desangró al pueblo entero. El apoyo de tropas extranjeras fue decisivo para llevar a Franco a la victoria, y un testigo de esto es ese cuadro maravilloso de Pablo Picasso que mezcla el placer sublime de lo estético con el desgarrador dolor de la historia que ilustra. Aviones alemanes, en apoyo del régimen franquista, bombardeaban un indefenso pueblo vasco. Cerca de mil seiscientas personas morían en una sola acción. El nombre del pueblo, Guernica, pasaría a ser uno de los símbolos más significativos de aquel periodo tristemente inolvidable. Hoy, en una de las paredes del Museo del Prado, un rectángulo pintado que dice en silencio el resultado de la violencia. Una violencia cuyas víctimas podrían reducirse a solo una: el pueblo español.

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